La cama ha sido, y seguirá siendo, una de las mejores y necesarias invenciones del hombre, quien, incluso antes de erguirse de su condición de primate, buscó un sitio para pasar las horas de sueño, aunque primero inventó la almohada y después la cama. Transcurrió mucho tiempo antes de que el hombre primitivo dejara de dormir en camastros de hojas y hamacas de raíces trenzadas.

 

En la Biblia, Jacobo tenía una piedra de cabecera y en la China antigua se usaban almohadas hechas con cañas de bengala. Los emperadores romanos hicieron de la cama su segundo trono, y desde allí, desde esas camas, que lucían patas con garras de leones, impartían órdenes a sus súbditos, allí se apoltronaban para conversar, comer, beber, amar, dormir y morir con la felicidad metida en el alma. La cama para ellos era un lugar fundamental y tenían diferentes tipos aunque la que se utilizaba específicamente para dormir era la “lectus cubicularis” que constaba de un bastidor con cuatro patas y además, incorporaba una base de hojas y sobre éstas se colocaba un colchón de lana o plumas. También utilizaban mantas y sabanas.

 

En la Edad Media, los colchones llegaron a Europa importados de las Cruzadas.  Se utilizaban trozos de tela que envolvían montones de hojas de diferentes tipos y constantemente era necesario vaciar el relleno y volver a rellenar, debido a las plagas de parásitos que infestaban a la población. El tipo de cama era un exponente claro de la clase social, la nobleza dormía en ricas estructuras con ostentosa ornamentación, mientras que en entornos rurales los lechos, se ceñían a simples montones de paja esparcidos por el suelo. Como dato curioso, sobre el siglo XIII comenzaron a utilizarse lo que hoy conocemos como edredones nórdicos, una especie de cobertor de plumas recubiertos de tela.

 

Los baldaquines del renacimiento, más que camas, parecían casas y las camas brocadas, talladas en la época barroca, podían servir como escenarios para orgías perpetuas. No obstante, entre estas camas, la que se lleva la palma, por su tamaño y forma, es la mencionada por Shakespeare en uno de sus dramas; la cama tiene una superficie de once metros cuadrados y se dice que en ella durmió Charles Dickens. En la actualidad, esta cama se conserva como pieza rara en un museo británico.

 

Las camas no siempre han sido iguales a lo lago de la historia, sino diferentes de época a época y de cultura a cultura. Esquematizando, se puede mencionar la cama sencilla del tipo griego, una superficie plana sobre cuatro patas y con un colchón relleno de paja o fibras similares que incorporaba una pequeña zona convexa en la zona superior, que hacía las veces de almohada. ; la cama redonda, donde duermen varias personas juntas; la cama turca, sin cabecera y a modo de sofá sin respaldo ni brazos; la cama vientre, cerrada como una habitación de paneles que separan del mundo y corresponde al período medieval; la cama con baldaquines, que decoran el sueño vestido de lujo y protegen de las agresiones externas; la cama abierta, donde sólo se protege la cabeza de la pared y los pies del vacío.

 

En el siglo XV aparecen las primeras camas con paneles y columnas ricamente ornamentadas. Esta moda permanece hasta el siglo XVII. En el siglo XVIII se aligeran los brocados y vuelve a surgir la madera. Cabeceras y columnas talladas pueden verse tras los satenes y tafetanes. Con Luis XVI se vuelve a la cama simple, de sencilla elegancia y trazo neoclásico, con cabecera y pie tapizados. Hay camas que transmiten ideologías en su ornamentación para remarcar la importancia social de su usuario, como las construidas durante la revolución francesa, donde renacen los drapeados y las camas se llenan de símbolos, lanzas y gorros frígidos, o la que construyó Fabergén en plata y con cuatro esculturas móviles para cuidar los sueños eróticos de un maharajá caprichoso.

 

En Europa, hasta la Edad Media, no se distinguía el sitio para dormir de las otras habitaciones de la casa, a diferencia de lo que sucede en la época moderna, en la cual el dormitorio es un espacio físico independiente, Empiezan a utilizarse las primeras mallas de soga con bastidores de madera, que son las antecesoras de los somieres de malla de acero.

 

En el siglo XX se inicia una auténtica revolución en el descanso, con la introducción de las espumaciones, primero el látex, importado de la industria automovilística y posteriormente en la década de los 50 la llamada viscoelástica, desarrollada en beneficio de la carrera espacial por la NASA.

 

La industria del descanso no para de innovar para mejorar nuestro bienestar.

 

 

 

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